mayo 29, 2012

Alimento


Es Mayo. De nuevo me encuentro trazando líneas paralelas bajo la tormenta y apilando pequeñas montañas de escombros de las que hay que deshacerse. Quizás es por lo que hemos acabado sucumbiendo a la hermética. Tocarnos. Se ruboriza hasta la punta de mi lengua. Animal de fuego, no te alejes. Duerme conmigo. Mientras dure el desorden. Aprietas la boca y me vacías. Me pides que vuelva a escribir. Escribir sobre el cuerpo, los objetos y su sonido. Escribir para no tener de que hablar después de que se agoten las palabras. Escribir hasta sentirme como una prostituta bajo la luz del mediodía y así, exhausta, poder descansar. Escribir para equivocarme una y otra vez. Arráncame las cuencas. Mis manos necesitan estribar. Qué errado estás, querido. Y yo qué cansada. De este lugar tranquilo, silencioso y frágil. A veces, brama con violencia. Desmedido. Es entonces cuando vienes. Hay algo cruel en esta instantánea infranqueable que te impele. Algo que ni la costumbre puede extirpar. No sé... Un instante, aparece el sonido crónico y sordo de las olas rompiendo sedientas contra las rocas, y se me remueve algo por dentro. Se incendia el cielo. Esquirlas rojas y doradas descendiendo incandescentes, derramándose sobre nuestras cabezas. El viento hace pliegues que se deshacen con el movimiento brusco de los pájaros que nos sobrevuelan en círculos concéntricos. Se levanta una brisa y el sol comienza a descender. Lento. Tan lento... Alimento mis senos, mis caderas, hasta las palmas de las manos. Mis piernas y el nudo en la garganta. Mi sexo. Hasta doblarme. Tibia.
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