julio 14, 2012

Reminiscencias




Perder el tiempo garabateando las horas, el mar o los pájaros sobre esta extraña calma turquesa. La mañana hiende lumínica, pero el aire está sucio, turbio. Huele a podredumbre. Como aquella vez que los días se fueron en sangre. No sé si te conté lo del tierno tallo a punto de florecer y sus manos sobre mi estómago. Apretando enérgicas. Rompiéndome. Supongo que lo olvidé. No son más que restos. Y qué son nuestros restos entre tanta ruina. Un poco de hilo atravesando el ojo de la aguja. La brisa jadea biliosa. Aire estrangulado. Se abalanza sobre mí y siento náuseas. Luego, el rojo alarido de la tierra que se agita trémula. Se me vacían las cuencas y comienza el descenso. Y ya no hay lágrimas ni ese velo meciéndose en la retina. A pesar de los ojos, una diáfana gota de agua que desciende apocada, el horizonte desplegándose en colores tras el mar, el viento enfriando la atmósfera. A pesar de los ojos, el cuerpo levantándose del suelo como un animal envuelto en sangre, la boca recuperando su voz, el corazón latiendo de nuevo. 

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2 comentarios:

  1. No encuentro respuesta a la interrogante: "Que son nuestros restos entre tanta ruina".
    Me encanta este texto.

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  2. Este es uno de mis favoritos.
    Tan compacto y preciso.
    Fascinante.

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